La frase "lo bueno, si breve, mejor" es tan remanida en el ámbito de las literaturas breves, que ya no sirve. Sin embargo, me parece que puede aportar todavía una pista para ayudar a los que se inician como hacedores de microrrelatos, microficciones y otras yerbas. Sólo "lo bueno" si es breve es mejor. Si algo es literariamente "malo" la brevedad no lo salva, (es probable que sólo lo haga más tolerable para el lector paciente).
Los microrrelatos nacieron dentro de la excepcionalidad y la contranorma de la narrativa extensa, de la prosa del detalle. Los "cuentos breves y extraordinarios" compilados por Borges y Bioy Casares recuperan acaso el atributo de la excepcionalidad como característica principal del texto literario breve. Ahora bien, cuando hay tantos microrrelatos dando vueltas por los mundillos literarios esa excepcionalidad se pierde, o al menos puede llevar a confundir (y ahuyentar) al lector desprevenido entre tanta brevedad de dudoso valor literario.
Por ello, les comparto una muestra de siete "buenos" textos breves y mi explicación de porqué considero a estas microficciones excepcionales, y por ende buenos textos literarios.
Cuento de horror
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.
Juan José Arreola
El título instala el pacto de lectura. Es un cuento de "horror". Voy a intentar provocarte temor le dice Arreola al lector. Es desde este pacto que vamos a leer la obra. El primer sintagma da la información necesaria para el conflicto narrativo: “la mujer que amé”. El predicado agrega los detalles de la tragedia. “se ha convertido en fantasma”. El uso del perfecto compuesto no es casual. Se trata de un pasado reciente. Pero, en la segunda oración aparece el giro literario: “yo soy el lugar de las apariciones”.
Tres palabras construyen el campo semántico del texto: "horror", en el título, "fantasma", en la primera oración, y "apariciones", al final. Con esas tres palabras Arreola mantiene el pacto ficcional, pero con una alternativa, un giro a lo inesperado: el “yo soy” el lugar de las apariciones. He ahí el hecho literario en plenitud. ¿Dónde radica entonces el horror prometido? Acaso en la imposibilidad del olvido del ser amado.
Sin título- Ana María Shua
Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.
(Microrrelato número 92; de La sueñera)
La aventura del sueño enunciada en la sucesión de oraciones breves. El conflicto planteado en la imposibilidad de alcanzar el objeto del deseo. Bien podría ser el tema central de una novela, y seguramente así es en muchísimos casos. Pero en el texto se presenta en su máxima condensación. Fijense en la primera oración que puede llegar a pasar desapercibida en una primera lectura: Un hombre sueña que ama a una mujer, el hombre “sueña” y ese verbo resulta clave para la construcción de un sentido posible de la historia. Pues sueña que ama, entonces ama sólo en ese mundo onírico, por ende fuera del sueño, no ama. Es esa oposición entre sueño y realidad, amor y desamor, la que termina de darle forma a la historia. Pues, en el mundo real el objeto de su deseo está a su lado. Pero el adjetivo, “decepcionado”, termina de construir la paradoja.
Palabras parcas - Luisa Valenzuela
Abelardo, Arsaín, astuto abogado argentino, asesino agudo, apuesto, ágil aerobista acicalado. Atento. Amable. Amigo asiduo, afectuoso, acechante. Ambicioso. Amante ardiente, arrecho. Autoritario. Abrazos asfixiantes, ansiosos, asustados. Aluvión apagado, artefacto ablandado, apocado. Agravado. Altamente agresivo, al acecho. Abelardo Arsaín. Arma al alcance, arremete artero, ataca arrabiado, asesina. Atrapado. Absuelto: autodefensa. ¡Ay!
Luisa Valenzuela juega con la palabras, lleva al extremo la aliteración, que no resulta para nada casual. Se trata de una elección intencional y pormenorizada de palabras, no solamente que empiezan con la misma letra, lo que propone una lectura paradigmática sino además se da una lectura secuencial donde se construye la historia in crescendo en el tono conflictivo que deja inferir el léxico, recortado de los artilugios de los artículos, las preposiciones y las conjunciones. Todo cierra en la historia de manera perfecta, desde el título hasta la interjección "¡Ay!" Que resume la tragedia que subyace en el relato.
El drama del desencantado- Gabriel García Márquez
...El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
Márquez pone el tiempo en cámara lenta para dar cuenta de cuál es ese drama del desencantado que anticipa el título. El drama está entonces en el arrepentimiento tardío del desencantado. La enumeración de ideas actúan entonces a modo de argumentos razonables que lo llevaran, como al lector a la conclusión ineludible de que ha cometido un error. Es una historia redonda donde nuevamente todo cierra, nada es producto del azar. Cada palabra cumple un rol fundamental en la construcción del sentido.
Hablaba y hablaba, de Max-Aub
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
El humor negro de Max Aub, las repeticiones recuperadas del lenguaje oral, el uso de la primera persona le aportan la verosimilitud necesaria a esta historia. Una dosis de salida hacia el absurdo tan característico de Max Aub.
Smartphone - Giselle Aronson
Mi celular cuenta con un sistema predictivo de escritura: cuando presiono los botones, busca en un diccionario los términos posibles. Aunque sea una simple tecnología, sospecho que algo más ocurre. Si yo tecleo ansiedad, el aparato escribe sequedad Si ingreso boca, predice viva. Si intento con piel, refiere pido; escribo horas, el teléfono interpreta gotas. Palabras se convierte en parajes, silencio se vuelve dolencia. Pero hay algo más extraño: si escribo cerca, aparece tu nombre.
De nuevo la primera persona se destaca en esta historia, no sólo para aportar verosimilitud sino para achicar la distancia entre autor y lector. Esta brecha también se acorta mediante el abordaje de un elemento tecnológico contemporáneo tanto al lector como al autor. Hay entonces un referente común al cual se alude y queda implícito.
Felinos- Raúl Brasca
Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.
La primera palabra es una adverbio indefinido: “Algo” no sabemos qué es lo que sucede entre el gato y el narrador. Qué es ese algo, es el enigma que sostiene la historia y que podemos deducir ocurrió en en el momento exacto en que “saltamos los dos a la vez”. Un pista que puede pasar desapercibida y ofrece un giro inesperado, el título de la microficción es “Felinos”, en plural.
Estos textos literarios son buenos (excelentes obras literarias), y además, son breves.
En definitiva, para quienes se desafían a crear microficiones y microrrelatos la tarea no es para nada fácil y mucho menos resultado de la mera inspiración, o la espontaneidad creativa. Como toda obra de arte deberá ser el resultado de un trabajo con y sobre el lenguaje, las palabras y los sentidos para hallar, de vez en cuando, (y con algo de suerte) la excepcionalidad buscada.

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