(Discurso presentado en la Feria del Libro de Formosa de 2019)
¿Qué es lo que hace que alguien escriba? que de pronto y porrazo se autodenomine escritor o escritora ¿Qué extraño fenómeno es la causa que hace coincidir a un montón de escritores en una esquina del mundo? ¿Por qué gente tan distinta, tan diversa dedica tiempo sustancial de su vida a la palabra escrita?
La respuesta considero desde mi humilde entendimiento puede ser sencilla pero contundente. La gente escribe por dos razones: porque quiere, y porque puede. La primera razón está atada sin duda a la voluntad individual de cada persona, que decide, que desea, que se desafía, a traducir su voz al código escrito. La segunda razón obedece ya no a una cuestión individual y subjetiva sino a una situación del contexto social, histórico y político que nos toca vivir a quienes transitamos en este momento de la historia, y en este lugar del mundo.
Mi papá, que es un gran contador de anécdotas y relatos, vivió una época en la cual sólo unos pocos podían tener acceso al capital cultural de la lectura y la escritura, mi generación, los que crecimos con la democracia pudimos gozar de los beneficios de los derechos para todos y todas. Acaso esa sea entonces la razón más objetiva por la cual escribimos, el deseo, la voluntad de decir estuvo siempre presente, sin embargo, sabemos que solo con eso no alcanza. Es necesario, un contexto social y político que habilite y potencie, se requieren políticas de acceso a la lectura, de acceso a los libros, un contexto de editoriales abiertas, e independientes, de revistas literarias, de antologías, de libros de autores, de librerías repletas, se trata en todo caso de una política de la palabra, accesible para todos y todas.
La gente escribe, entre otras cosas, para decir, para que su voz trascienda la vereda de su casa, con la esperanza genuina de que sea escuchada. La palabra es y ha sido siempre un arma y un trofeo. En la Argentina de hoy vivimos una guerra de la palabra que paradójicamente pone en riesgo a la palabra, a la diversa, a la disonante, a la disconforme. En las calles, en los bares, en el remis, en el colectivo, en las escuelas, en las oficinas, en los hogares, en la radio, en las redes, en la tele, se disputa una guerra ruidosa de palabras y sentidos. Es una guerra despiadada que esconde intereses espurios, en ella se inventan vocablos, y se enarbolan banderas: la de la democracia, la de la libertad, la de la república, la de la moral.
Los escritores, hoy, como siempre, tenemos la enorme responsabilidad social de decir, de opinar, de aportar nuestra palabra desinteresada. Todos sabemos que la enorme maquinaria mediática ostenta el poder y la administración central de las palabras autorizadas, silenciadoras e invisibilizadoras del resto. Es una disputa que tiene más de doscientos años en la Argentina. La guerra de la palabra, y por la palabra, no es una guerra menor, muy por el contrario, es la gran guerra de construcción cultural y definición del ser argentino. Entonces, ahora que queremos, y mientras podemos, tenemos que escribir, debemos hoy más que nunca hacer uso de ese derecho inalienable de forjar la palabra, de darla al otro, solo así garantizaremos que todas las voces hagan eco, se oigan, y digan, y escriban, y sobre todo sean.
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