(publicado en el suplemento cultural "Cronopio" del diario "La mañana", Formosa, Argentina.
Son pocos los autores que como Cortázar han sabido traspasar las distancias y el tiempo. Junto a Borges, Quiroga, Onetti, Rulfo, García Márquez, entre otros, es referente de una generación predilecta de la literatura latinoamericana que marcó un hito en su tiempo, y dejó para la posteridad historias que se siguen leyendo y releyendo.
De todos ellos es acaso Julio Cortázar el más apreciado por la gente de a pie. Son sus cuentos, más aún que sus novelas los que mayor impacto siguen teniendo en los lectores que descubren y se reencuentran con su narrativa fantástica.
Los cuentos de Cortázar son simplemente buenos cuentos, porque están escritos con los artilugios del lenguaje de un prosista impecable. Pero, además, porque ningún cuento de Cortázar es sólo un cuento.
En “Casa Tomada” dos hermanos se ven obligados a abandonar su casa ante el avance de intrusos que nunca llegamos a ver; en “La noche boca arriba” un joven se debate entre el sueño y la realidad de dos mundos, el del presente y el del pasado y hasta el último momento nos preguntamos también nosotros cuál es el verdadero; en “Continuidad de los parques” (a mi criterio el mejor cuento de Cortázar) un hombre lee una novela y al mismo tiempo ocurren una serie de acontecimientos que lo pondrán en peligro, y nos hace dudar si aquello se trata de la realidad o de la ficción novelesca. Los cuentos de Cortázar ponen al lector frente a la duda inevitable; a la necesidad de pensar la incertidumbre como parte esencial de la vida, y sobre todo al encuentro con la palabra dicha para leer lo no dicho, y construir una lectura personal y única.
Son estos los requisitos de los buenos cuentos, de la buena literatura, que hace que nos sigamos sorprendiendo con los cuentos inacabables de Julio Cortázar. ¿Por qué seguimos leyendo a Cortázar? En mi opinión, seguimos leyendo a Cortázar porque en tiempos de ocultamiento de la palabra, de medias verdades y de políticas de la ficción, sus cuentos habilitan a la imaginación y nos enseñan a pensar, y pensar es entonces el más sano de los ejercicios que nos queda por hacer.
Continuidad de la continuidad de los parques
Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. De espaldas a la puerta, de frente al parque, en su sillón de terciopelo verde Julio escribía un inocente cuento mientras su asesino subía las escaleras. Estaba escrito, lo matarían, allí, en su lugar favorito, rodeado de libros como había sido su vida, ahora su sangre quedaría impresa para siempre en la alfombra. Sin embargo, en el preciso instante en que el cuchillo se elevaba por el aire para caer sobre el cuello de la víctima, Julio, conocedor de los vericuetos cuentísticos cerró la última idea sobre la página y tipeó el punto final que acabó con el asesino.
“Yo también maté a un Terminator” Sandro Centurión, Macedonia Ediciones, Bs. As,2015
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