La primera vez que vi a Daniel Soria, fue en una presentación en la Universidad Nacional de Formosa en la que pude conocer algo de su producción artística y literaria. Recuerdo que Soria cargaba sus obras de arte (Soria es poeta y artista plástico) en una enorme bolsa, y a medida que hablaba iba sacando de adentro todo tipo de objetos. Eran objetos comunes para el ojo no entrenado pero al momento de salir de la bolsa cobraban un nuevo sentido. La palabra del artista las convertía en arte, su interpretación de lo cotidiano y de lo inadvertido reconfiguraba el mundo de los que mirábamos sorprendidos como niños en una función de magia. Recuerdo que pasamos una tarde espectacular disfrutando del arte, y del artista. Hoy entiendo que el mayor desafío que enfrenta cualquier artista, o escritor, en su relación con los lectores es la posibilidad de ‘re nombrar’ la realidad, porque implica entre otras cosas reorientar y poner en crisis las miradas, las propias y las ajenas. A lo mejor, el reto para quienes incursionamos en la literatura se trata justamente de encontrar la manera de sacar objetos de la bolsa, renombrarlos y devolverlos al mundo.
En la literatura de Daniel Soria hay mucho de juego, pero de un juego de astucia estética y la habilidad de un orfebre de la palabra. En sus textos predominantemente breves nada sobra, nada falta. El sentido se pone a prueba en la semántica de cada microficción que apela de vez en cuando a lo fantástico, de vez en cuando al absurdo, e incluso a la reflexión filosófica, por recuperar sólo algunas de las recurrencias de una literatura básicamente impredecible.
Para quienes leemos a Soria sus textos nos dejan valor agregado sobre todo en cuanto la posibilidad de experimentar la creatividad lingüística, con una profunda y envidiable mirada de niño. Los textos de Soria gozan de un elemento clave, reflejan el espíritu del poeta, hay oficio de poeta en cada línea, y como sabemos, la poesía se siente cómoda en el traje de la microficción.
Soria es un artista de la palabra, no cabe otra definición más acertada para explicar su estilo único. Aprovechando el feriado (ed. Nova, 2013) es su último libro, contiene algo más de 300 textos de unas pocas líneas cada uno. Es un libro exquisito pero por sobre todo, para aquellos que incursionan en los quehaceres de la literatura breve, puede resultar un libro de referencia para ver cómo se hace. A continuación, algunos de sus textos:
… y la lluvia caía, caía, caía y se levantaba.
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Nos enteramos de la guerra en China cuando empezó a enrojecerse el agua del aljibe.
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Llegó la noche. No sé si abrirle la puerta.
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Dios está en todos lados, me dijo el cura. Y me quedé quieto como dos horas por temor a pisarlo.
Era un hijo de puta, pero, al menos, hacía que su madre nos c obrara menos.
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La abuela se siente cómoda en su piel holgada.
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Como tenían una sola dentadura se la iban pasando para reírse.
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El día se nos apagó y tardamos toda la noche para volver a encenderlo.
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Para finalizar comparto la opinión escrita por Orlando Van Bredam en la contratapa del libro: “Daniel Soria descubrió que todo lo que existe y lo que no existe está hecho de palabras. Entonces, irresponsablemente se apoderó de ellas y jibarizó la existencia y la no existencia hasta su mínima expresión”
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