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La escritura joven

(Publicado en el suplemento "Cronopio" del diario La mañana, Formosa, Argentina) 

Que un chico escriba literatura, disfrute hacerlo, y quiera compartir lo que escribe con otros parece algo extraordinario, algo que no encaja del todo en los estereotipos juveniles que vemos en la tele y en el cine. Como con tantas otras cosas nos han normalizado, con demasiada facilidad, la idea poco grata de que los libros y la literatura son cosas de viejos y viejas, fuera de las modas prefabricadas desde las metrópolis para las nuevas generaciones. Por suerte, la escritura literaria ha sido siempre una especie de lugar, de refugio y de resistencia, ante lo que profesan las voces homogeneizadoras. Escribir resulta entonces en un acto de rebeldía, la más feroz de todas las rebeldías. Y ello constituye un elemento potente de identificación para los jóvenes. Apropiarse de la literatura es apropiarse de las palabras, de las voces de otros y otras, con el único objetivo de encontrar la palabra propia, y luego devolverla al mundo.

A esta altura del partido, no debiera ser sorpresa que un chico encuentre su voz en la escritura literaria, debiera ser lo más normal del mundo, el resultado natural de una suerte de derecho inclaudicable, y requisito fundamental para la construcción de nuevas ciudadanías. Hoy, ese derecho puede convertirse en el hilo de Ariadna hacia la utopía necesaria en estos tiempos de distopías. Se trata entonces de alentar la escritura joven, de sumar más jóvenes a ella, no sólo para enorgullecernos de nuevos libros, y nuevos autores, sino y, sobre todo para habilitar la irrupción de otras nuevas voces.


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